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| ilustracíón V.Chumilla/B.López |
De
todos los libros que leí en mi vida, sin duda no será este el que recuerde.
¿Qué le
ocurre? ¿Cómo un libro tan pequeño, de lectura fácil, premiado y ambientado en
un lugar tan inspirador, no engancha? ¿Cómo una historia de personajes
absolutamente perdidos y sedientos de vida, repleta de sexo y en ocasiones de
erotismo, no genera adicción?
Mendiluce
no logra atrapar con su pequeña novela, ya que la historia es más corta que el
propio libro. Y eso que el escenario acompaña, la historia base es buena, la descripción
del personaje principal brillante y el desarrollo en algunos tramos, vibrante.
Pero se repite. Y se repite. Y se vuelve a repetir. Especialmente cansino
resulta la referencia al consumo y abuso de drogas, coca es sin duda la palabra
más repetida en la toda novela, o lo parece. Se pierde en detalles sin
importancia que repite una y otra vez y obvia sentimientos profundos en la
maduración de los personajes secundarios, meros esbozos a pesar de su peso
narrativo.
Sobre
todo, y probablemente, una falsa y a veces evidente “amoralidad” en la
redacción, donde a ratos sobra moralina. Parece un quiero y no quiero, un mira
como lo veo de natural pero quiero sorprenderte y escandalizarte. Por tramos se
le queda grande y se nota especialmente en los quiebros de guion, forzados.
Con
todo, es de lectura fácil, y si no te importa compartir las letras con kilos y
kilos de polvo blanco, detrás de tanto “mmmmmmmm, no se” tiene pasajes
sorprendentes. Las luces y sombras de Costa Rica, ese lugar que ya estaba en mi
imaginario antes de pisarlo, la descripción de la vida dentro de las Naciones
Unidas y otras agencias del ramo, y sobre todo la reflexión sobre el impacto de
la luz eléctrica, soberbia en sí misma.
O el
propio fondo de la historia, el de una niña bien, guapa y estupenda pero
internamente inadaptada y en búsqueda de si misma, con todo a su alcance pero
insatisfecha y perdida, egoísta y hedonista pero que no le saca chispas al
placer, casi sin disfrutarlo de tanto me lo merezco, sin remordimientos ni
límites pero aburrida de su propia vida, que quiere algo “mas”, distinto pero
que evidentemente no encuentra porque tampoco lo sabe, ni quiere romper ni
renunciar. El camino a la madurez cuando hace mucho que ya no eres
adolescente...
Todo
eso está muy bien, es un “algo más” el que no llena. No sé. Algo falla. Algo de
fondo, probablemente, una cuestión de coherencia.
Pablo Mendoza

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