lunes, 8 de octubre de 2012

PURA VIDA

ilustracíón V.Chumilla/B.López


De todos los libros que leí en mi vida, sin duda no será este el que recuerde.
¿Qué le ocurre? ¿Cómo un libro tan pequeño, de lectura fácil, premiado y ambientado en un lugar tan inspirador, no engancha? ¿Cómo una historia de personajes absolutamente perdidos y sedientos de vida, repleta de sexo y en ocasiones de erotismo, no genera adicción?
Mendiluce no logra atrapar con su pequeña novela, ya que la historia es más corta que el propio libro. Y eso que el escenario acompaña, la historia base es buena, la descripción del personaje principal brillante y el desarrollo en algunos tramos, vibrante. Pero se repite. Y se repite. Y se vuelve a repetir. Especialmente cansino resulta la referencia al consumo y abuso de drogas, coca es sin duda la palabra más repetida en la toda novela, o lo parece. Se pierde en detalles sin importancia que repite una y otra vez y obvia sentimientos profundos en la maduración de los personajes secundarios, meros esbozos a pesar de su peso narrativo.
Sobre todo, y probablemente, una falsa y a veces evidente “amoralidad” en la redacción, donde a ratos sobra moralina. Parece un quiero y no quiero, un mira como lo veo de natural pero quiero sorprenderte y escandalizarte. Por tramos se le queda grande y se nota especialmente en los quiebros de guion, forzados.
Con todo, es de lectura fácil, y si no te importa compartir las letras con kilos y kilos de polvo blanco, detrás de tanto “mmmmmmmm, no se” tiene pasajes sorprendentes. Las luces y sombras de Costa Rica, ese lugar que ya estaba en mi imaginario antes de pisarlo, la descripción de la vida dentro de las Naciones Unidas y otras agencias del ramo, y sobre todo la reflexión sobre el impacto de la luz eléctrica, soberbia en sí misma.
O el propio fondo de la historia, el de una niña bien, guapa y estupenda pero internamente inadaptada y en búsqueda de si misma, con todo a su alcance pero insatisfecha y perdida, egoísta y hedonista pero que no le saca chispas al placer, casi sin disfrutarlo de tanto me lo merezco, sin remordimientos ni límites pero aburrida de su propia vida, que quiere algo “mas”, distinto pero que evidentemente no encuentra porque tampoco lo sabe, ni quiere romper ni renunciar. El camino a la madurez cuando hace mucho que ya no eres adolescente...
Todo eso está muy bien, es un “algo más” el que no llena. No sé. Algo falla. Algo de fondo, probablemente, una cuestión de coherencia.

Pablo Mendoza


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